| Maniquí ¡Se
me hace Cutziano que sólo eres un profeta del desastre!
-Le dijo un señorito aburguesado que estaba encantado con su vida anestesiada y
su futuro de color de rosa.
-Vió Cutziano en el momento, un personaje de sociedad bien alienado al que le
echó la medida:
"Traje de tres piezas, camisa abotonada al cuello, corbata de seda,
mancuernas, fistol, y todo esto en un clima que se podía freír los huevos en la
banqueta, y su jefe que se los freía a él en la oficina.
Con comida traída de fuera, por voraces cortesanos.
Con agua acarreada allende las lomas, desinfectada con floruro y esterilizada con
cloro.
Ahogado en basura, a merced del diputado.
Dependientes de la luz y del drenaje, y también del gas para la cocina.
Todo esto dándolo por hecho, sin querer ver que todo se entrelaza
y se sostiene, con alambritos y curitas, con prebendas y concesiones, y una que otra
mordidita, que se apuestan en el tapete de la grilla al capricho del cacique y de su
camarilla.
Vió Cutziano aquel maniquí de revista gringa de negocios, que
con su mejor sonrisa de sub-ordinado, fingía demencia... no hacía olas... Su vida estaba
planeada, su futuro color de rosa.
Su presente muy transeado; cincuenta semanas de talacha de catorce
horas diarias, respirando cualquier cantidad de inmundicias, y dos de vacaciones... en
alguna trampa de turistas.
Esperando traer a rastras doncellas con algas en las faldas, y
solo viendo la ristra de cuentas y las palmas exigiendo propina.
Entre tu arte de profeta del progreso exitoso y las ambiciones y mi arte de
profeta del desastre... prefiero mi arte...
Comer cuando tengo hambre, dormir cuando tengo sueño, de bailar
cuando me entra el ritmo, de crear cuando enamoro a la existencia, y de hacer el amor
cuando se me ponen chinitos los cojones".
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