| Doña Virginia Conocí
a Doña Virginia ya cuarentona, no era virgen de estampa esplendorosa... a ésta, le
brillaba el ansia.
-Dijo Cutziano en una tertulia.
Sus carnes sin sobada de hombre languidecían en la desesperanza,
y sus entrañas en lugar de engendrar un hijo, engendraron tumores.
Muy en alto tenía Doña Virginia la honra...
En el zoquete del atascadero, tenía su propia estima...
Uno se acercaba con cautela, cuando le brillaba el ojo y le temblaba la barbilla.
Uno sentía su veneno desde ésta, hasta la otra orilla.
Desayunaba con hostia en ayunas, merendaba con rosario y
mermelada, en la cena, novenas y plegarias...
Que no cayera uno en sus redes de araña vieja.
A veces, cuando uno necesita escuchar un consejo, no se está en
condiciones de oirlo, y cuando uno está en condiciones de oirlo, ya no necesita uno, que
se lo digan, pero para que no quede duda querida Doña Virginia:
Para que su alma no pene, retáquele a su cuerpo un pene...
-Así lo dijo Cutziano y se fue sin apenarse.
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