| Doña Virtudes Lucía
sus esplendores con la gracia de un albatros aterrizando.
Perdía la gracia y la cadencia con singular irrelevancia.
Lo mismo exudaba ponzoña, que mendigaba afecto.
Le daba igual postrarse ante su altísimo que masturbarse con el
regocijo enfermizo de los celos, de la envidia, y de la prepotencia.
No tuvo infancia, ni adolescencia.
La imaginación le fue negada.
La ternura contrariada.
Con la hormona alborotada por la satisfacción vedada.
La amargura dibujada.
La frustración esplendorosa.
La "mala vibra", la "mala onda".
Reza sus plegarias Doña Virtudes.
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