| Esto vino a dar un mensaje. Esta es la razón de
ser, en el sentido del siendo. No entendida como una misión encargada a esto como
encomienda del más allá, más bien, en el sentido evolutivo de un florecimiento. Todos
llegaremos a este florecimiento, tan cierto como el ciclo de materialización,
crecimiento, estabilización, decadencia y desdoblamiento de la sustancia que nos alberga
y nos transporta. Que nos permite visitas fugaces en una peculiar dimensión de la
existencia.
La existencia se manifiesta a sí misma con un estilo que podríamos entender como
una huella digital estadística. Con concentraciones y dispersiones, ondulando a través
del tiempo, de la materia, del espacio, del vacío. Con ciclos de elegancia musical. En
ritmos de potpurri amplio, intenso, lúdico, sagrado, eterno.
Esta manifestación de la existencia se desenvuelve a través de una exuberante
adolescencia. Pariéndose a sí misma, asombrándose en cada aventura, afirmándose en
cada paso, reflejándose en la oscilación primordial, danzando el juego eterno,
explorando todas las dimensiones, saboreando el momento, afirmando su esencia de libertad.
Nacimiento, muerte. Son sólo dos ideas. Imaginemos una persona que dice: Yo tengo
un alma. Imaginemos un alma que diga: Esto tiene una persona. Cuestión de
perspectiva. Nacimiento y muerte son dos sucesos en una infinita procesión de personajes.
Esa procesión es la huella encarnada en la temporalidad, un fenómeno estadístico que
puede ser comprendido si somos capaces de verlo en su totalidad. Invisible si nos
confundimos con uno de sus fragmentos.
Esto que deja la huella es lo eterno.
Esto se refleja siendo, y se regocija en su florecimiento. Como el rosal
que es perene y vive su siendo-floreciendo y floreciendo y floreciendo...
Este siendo-floreciendo es el mensaje.
Cuando el mensaje es traducido a palabras pasa de siendo a sabiendo. Desagradable
sustitución. Una flor de plástico, rígida, serializada, sin aroma o más bien oliendo a
plástico. Con frases acartonadas, esquematizadas, sintetizadas, censuradas, permitidas...
¿Como describir un evento indescriptible?
La descripción es en sí lenguaje, códigos, reglas, significados, acuerdos.
¿Como describir lo no codificado?, ¿lo no reglamentado?, ¿lo no compartido en
significados?, ¿lo no acordado?
Hasta la fecha se ha hecho por decreto.
¡Así se ha hecho! Algunos le dicen dogma, otros teoría, otros más pomposamente
le dicen ley. Esto les dice intrascendencias pías.
Esto ha sido llamado soberbio, también guerrillero intelectual, se ha
acusado a esto con lenguaje soez, de tener la cabeza llena de excremento.
Esto les puede dar toda clase de razones y explicaciones para no creer en
lo que esto dice, a esto le disgusta creer, cuando se puede confirmar. Así
que esto no apela a tu credulidad, apela a tu sinceridad.
Con sinceridad se puede ejecutar experimentalmente un método. Cada quién sabrá
si lo hace con la intensidad adecuada, o si está siendo tibio, o si está asustado,
angustiado, desconcertado, enrollado. Esto es, haciéndole como si en verdad lo hiciera.
A esto no le interesa una comunidad que administre el método. Más bien esto
busca individuos embriagados por la promesa del florecimiento, seducidos por los aromas
del gozo en la trascendencia.
Trascendencia de no flores a la propia inhalación de tu perfume. Algo tan simple
y tan sagrado.
Pero te han dicho que lo sagrado emana de una única flor en las inalcanzables
alturas de los Olimpos de todos los tiempos.
Lo puedes creer. Y si así sucede tu creencia misma te excluye de la en sí remota
posibilidad de intoxicarte con las caricias de tus propias emanaciones.
La decisión es tuya, esto no se entromete con tus libertades.
Si es tu preferencia oler fragancias ajenas, no te sorprendas si también hueles
su decadencia.
Esto no tiene credenciales para compartir sus mensajes. Las credenciales
corresponden a la provincia de la mente. La mente está cuadriculada y reglamentada. La
cuadrícula es la trama de la lógica étnica del barrio cultural, la reglamentación es
el acuerdo convencional y convenenciero de una sintaxis que aflora desde la miasma
helénica. Las credenciales acusan un esfuerzo conservador por perpetuar la pestilencia
cultural. No son garantía de sabiduría, más bien son estigma de estupidez.
El mensaje de esto tiene que ser contaminado por la estructura de un
lenguaje para poder ser compartido, una desvirtuación inevitable.
La mente es un instrumento limitado. Incapaz de comprender la complejidad, la
sincronía, la coherencia, la armonía, el amor. Atributos del siendo, aromas de su
florecimiento.
La mente maneja sus procesos, las informaciones, las correlaciones lógicas y
conclusiones a manera de conocimiento. Los ha definido, los clasifica como conceptos, los
discrimina con definiciones, los registra, los homologa en sus compendios arbitrarios,
haber hecho todo esto no quiere decir que los comprenda.
El mensaje es un siendo. El medio un concluido. La mente es lenguaje
internalizado, el lenguaje es mente externalizada. El silencio queda más allá de ellos,
desde aquellos espacios de silencio viene el mensaje, el siendo, esto.
Se aprenden definiciones en diccionarios, se programan las mentes en el salón de
indoctrinación, (llamado eufemísticamente salón de clases), se aprenden los
malabarismos de la sintaxis para hacer florituras y manganas con la reata académica, esto
ha visto a muchos masturbarse el cerebro acomodando el pensamiento a la cuadratura de la
doctrina, se les reconoce como eruditos, por la astucia que produce el conocimiento de un
tratado indigesto y extraído desde el fondo mismo de la cloaca del consenso del gentío.
Pendientes del punto y de la coma, de las notas al pie de página, de la bibliografía. Al
que coleccione todas estas bagatelas se le licencia en conocimiento. Las credenciales
distinguen al coleccionista de dimes y diretes de entelequias y teorías, de esoteria
agnóstica y teología, de filosofía de la ciencia y de la ciencia de la filosofía.
Bagatelas de bisutería, lentejuelas y pedrería.
y míralos...
esto no tiene credenciales, sólo tiene sinceridad.
El nombre de una persona equivale a las placas de un automóvil. Una
identificación para el vehículo, un código, una conveniencia. El vehículo es materia
corporizada, que se ensambla y organiza, se mantiene operante, se degenera y degrada,
finalmente se desorganiza y desensambla retornando la materia en interminables ciclos. El
promedio de manifestación de un cuerpo es actualmente de 75 años. El planeta azul tiene
4,600 millones de años, el Universo 15,000 millones de años. Caben 61'333'333,333 ciclos
en la edad del planeta. Un suspiro. Lo eterno es esto, el usuario del vehiculo.
Por lo mismo esto no se identifica con un nombre. Sí lo tiene. Se lo
impuso la inercia teñida de supersticiones, tramada en tradiciones, cuajada de reclamos,
tachonada de sinsentidos. Esto nació en un planeta y se le impuso nacionalidad,
surgió inocente del más allá y se le marcó como ganado en religión ovejuna, no hubo
opción religiosa, fue "un evento más bien forzado", una marca en el score
competitivo, un gol del rufián religioso en turno, un número más en la estadística de
la parroquia, de la diócesis, del vaticano, otro borrego de la grey...
Al crecer, esto dijo basta. Reclamó su siendo. Se desentendió de la
inercia. Sin nombre y sin credenciales trascendió los umbrales. Sus credenciales son
anónimas y las rubrica el mérito del desprendimiento, en la soledad y en el silencio.
Sin avales, sin sinodales, sin patriarcas, sin fraternidades, sin certificados, exento de
todas estas nimiedades.
Esto es la verdad, la verdad es esto. Subjetiva e intransmisible. Ni
se recibe, ni se otorga. Solamente se descubre. Más allá de la mente en el silencio.
Útero de la realidad, que se pare a sí misma y que en su siendo se insemina en la
sagrada soledad del silencio y sus reflexiones.
Amores, en asombro risueño, avanzando entretejidos en los momentos entre danzas y
cantares, gozos salpicados de lágrimas en las pestañas, y la sutil reverencia del
agradecimiento, en su constante siendo.
Todas estas cosas no se aprenden leyendo...
¿Qué sentido tiene entonces, tanto estar diciendo?
¿Será porque esto es dicharachero?
¿Será un alarde?
¿Será un secreto, susurrado al oído, con cantarinas voces, que seducen, que
inquietan, que pulsan fibras, que restregan heridas, que reverbera en las entrañas y
sacuden?, ¿O será quizá un grito irrelevante, que rebota en la armadura, que se escurre
en el cuero untado, de sebos y tradiciones, de esquemas, doctrinas y circunlocusiones?
Esto vino a dar un mensaje. Y lo está diciendo.
Lo demás son dicharacherías pías
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