La Gratitud
Con
cuantos bien intencionados me tropecé,
que reclamando las parcelas de mi intelecto,
cincelaron en él sus propias versiones de sus visiones,
sus propias inversiones de ajenas invenciones pías.
Con ellas me alimentaron.
Con ellas me inseminaron.
Con ellas me conformaron.
Sus versiones, de ellos siguieron siendo,
mi erudición en ellas
engendró entelequias que mi propia ignorancia,
por inercia siguió tejiendo.
Por eso,
sus verdades se convirtieron
en mis mentiras
que entre laureles, trofeos,
pergaminos y prestigio
sofocaron mi inteligencia.
Fue entonces
que me abrazó la pasión sedienta
por conocer la verdad de la vida.
Mi propia verdad, la de mi propia vida.
¿Habría alguien
que me enseñara esta sabiduría
sin convertirme en su adepto,
sin presentarme la factura?
Al sentir mi amor danzando
con la música traviesa
de Sus seducciones
hacia la Bondad,
la Verdad y la Belleza.
Y realizar que no disertaba
sobre abstracciones
de lo enaltecido,
sino que me lo daba a sentir...
Exhalé un suspiro que lloriqueaba gracias...
Gracias por el respeto a mi dignidad.
Gracias por el obsequio de recordar mi libertad.
Gracias por nutrir mi espíritu con tanta gracia.
Cierro los ojos
y veo el lucero centelleante de Su gracia
que impregna en su abundancia al Universo,
mismo lucero que veo en el brillo de Sus ojos
y en Su pícara sonrisa.
Cierro los ojos y siento
la tersa caricia de Sus emanaciones,
que ni distancia, ni tiempo
han tenido su efecto al ser captadas
por este corazón sensiente.
Cierro los ojos y escucho
Sus palpitaciones, Sus gorjeos,
el discursivo hálito de Sus seducciones.
El cántico a la vida
en cada una de Sus exhalaciones.
Cierro los ojos y degusto,
explorando, aprendiendo,
sabiendo y aún convirtiendo
en gusto el disgusto.
Cierro los ojos y huelo las rosas,
los azares, las gardenias,
el incienso, los aceites.
Todo esto me sucede
cuando me siento un rato en silencio.
Cerrando los ojos y abriendo el corazón.
Así, permitiéndole a mi vida
tener de cómplice a los sentidos.
Qué puedo yo decir sobre la gratitud,
que no hayan dicho ya las gráciles lágrimas
del eterno trovador que canta en mi corazón.
¿Qué puedo decir sobre la
gratitud...
que no haya sido dicho ya por el pálpito enardecido
de mis propios suspiros?
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